La música forma parte de la fibra de nuestro vivir diario. Se encuentra presente casi en cada segundo de nuestras vidas.
Muchos, tal vez la gran mayoría, la consideramos un mero pasatiempo o, en el mejor de los casos, un elemento de expresión artística que nos puede brindar un momento de disfrute.
Pero, desde otra óptica, la música puede ser una herramienta más que eficaz para facilitar el desarrollo social y para posibilitar que comunidades que habitualmente aparecen como relegadas, puedan ocupar el lugar de poder que les corresponde.
A lo largo de la historia, la música ha dado voz, ha facilitado la expresión a movimientos sociales en momentos significativos de la humanidad.
En la era moderna, la música góspel se convirtió en aliada de las reivindicaciones de la comunidad negra en Estados Unidos, acompañó los movimientos de protesta y resistencia contra las dictaduras en América Latina, y ha sido una de las vías que ha permitido a las Primeras Naciones reclamar el reconocimiento que le adeuda el resto de la sociedad en Canadá.
También, en consonancia con la urgente necesidad de revertir el proceso de degradación de nuestro medio ambiente, la música “se ha convertido en un canal de expresión de preocupación y de amor por el entorno natural”.
Así lo considera Mery Ángeles Pérez, investigadora y estudiante del doctorado del departamento de Lenguas y Literaturas de la Universidad de Guelph, en diálogo con Luis Laborda.






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