El hambre en las escuelas residenciales llevó a la diabetes y la obesidad dice Universidad de Toronto

23 agosto 2017
de Leonora Chapman
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Necesitamos empezar a mirar el hambre en las escuelas residenciales como un verdadero predictor de problemas de salud a largo plazo.

– Ian Mosby , Universidad de Toronto

*Siempre estábamos hambrientos *: La investigación de la UT vincula el hambre en las escuelas residenciales a la salud actual de los pueblos indígenas © (Photo courtesy of the General Synod Archives, Anglican Church of Canada) UofT

Mucho se ha hablado sobre las escuelas residenciales para niños indígenas en Canadá y la traumática experiencia trasmitida a las generaciones posteriores. Pero una investigación de la Universidad de Toronto aborda un tema hasta ahora casi ignorado. El del hambre crónico que sufrieron los niños.

El hambre generalizado y prolongado que existía en las escuelas residenciales es un factor que contribuye a los desproporcionados problemas de salud que enfrentan muchos pueblos indígenas, como la diabetes y la obesidad, según un artículo publicado en la Canadian Medical Association Journal.

Muriel Betsina, de 73 años, en su casa de Ndilo, N.W.T., recuerda tener hambre cada día de los nueve años que pasó en una escuela residencial. © (Kate Kyle / CBC)

«El hambre es realmente central en las experiencias de los sobrevivientes de las escuelas residenciales«, le dijo Ian Mosby al radiodifusor público CBC, coautor del artículo con Tracy Galloway, ambos de la Universidad de Toronto.

Los investigadores indican que la desnutrición infantil experimentada en muchas escuelas financiadas por el gobierno está contribuyendo al mayor riesgo de obesidad, diabetes y enfermedades del corazón entre los pueblos indígenas en la edad adulta.

«Aunque esto no ocurrió en cada escuela residencial», dice Mosby, «fue bastante común según testimonios de sobrevivientes, por lo que necesitamos empezar a mirar el hambre en las escuelas residenciales como un verdadero predictor de problemas de salud a largo plazo».

Las escuelas residenciales en Canadá se enfrentaban a un importante déficit de fondos, además de instalaciones de cocina inadecuadas y personal no capacitado. Historiadores y antiguos alumnos han descrito que los niños reciben «una o dos piezas de pan duro para el almuerzo, que rara vez consiguen carne, rara vez reciben leche y mantequilla y pocas frutas y verduras», dice Mosby.

Ian Mosby dice que el hambre en las escuelas residenciales es un predictor de problemas de salud a largo plazo. © (Presentado por Ian Mosby)

Él estima que muchos estudiantes recibieron entre 1.000 a 1.400 calorías al día. Un rango normal para el desarrollo saludable de un niño es de 1.400 a 3.200.

Los estudios de hambruna en China, Rusia y los Países Bajos muestran que la juventud con dificultades para crecer desarrolló una mayor sensibilidad a la insulina y menores niveles de insulina, haciéndolos propensos a desarrollar diabetes tipo 2, señala el artículo.

Eso, junto con los cambios hormonales por la falta de alimentos, conduce a un mayor riesgo de obesidad, enfermedades crónicas y problemas de fertilidad, como nacimientos de niños muertos. Los efectos pueden extenderse a los hijos y nietos de los supervivientes.

«Mucho de esto tiene que ver con el hecho de que los niños experimentan esta privación mientras sus cuerpos se están desarrollando, mientras están en estos años de formación realmente importantes», le señala Mosby a CBC.

Manzanas cortadas en cuatro

Para Muriel Betsina de N’Dilo, en los Territorios del Noroeste, la comida era abundante cuando era niña: caribú, bayas y pescado seco.

Durante sus nueve años en la escuela residencial en Fort Resolution, la comida era extraña, suave y escasa.

«Trescientos sesenta y cinco días al año tienes hambre», recuerda Betsina, ahora de 73 años.

«Comíamos barras de pescado, medio podridas, si no las comíamos ellos guardaban el plato para la mañana siguiente», dice Betsina.

«Si teníamos manzanas las cortábamos en cuatro partes, chupábamos las raíces y todo porque teníamos hambre».

El antiguo estudiante de la escuela residencial Paul Andrew no recuerda haber tenido hambre, pero dijo que la presión de comer todo lo que estaba en su plato se ha quedado con él.

No recuerdo haber comido verduras. No recuerdo los frutos *, dice Paul Andrew. © (Kate Kyle / CBC)

A veces, lucha para mantener un peso saludable.

«Incluso hasta hoy, si voy a un restaurante y me sirven un plato grande tengo una sensación de que tengo que comer todo … una sensación de culpa si no como todo, y quizás una sensación de … puede ser que no haya nada esta noche . »

La comida fresca, recuerda era rara en la escuela.

«No recuerdo haber comido verduras, no recuerdo las frutas, en la primavera cuando los gansos regresaban. Probablemente un tiempo de gran soledad «, dice, «porque sabías, que eso era comida saludable que está pasando. »

«Causas profundas y estructurales»

Sobre el legado de las escuelas residenciales no se habla mucho en la literatura médica, o por los médicos que trabajan con pacientes individuales, dice Mosby.

«A menudo cosas como la obesidad o la diabetes tipo 2 se consideran como problemas individuales y no problemas con causas profundas y estructurales».

Mosby pide a investigadores que consideren en sus futuros estudios los efectos que el hambre en la escuela residencial tiene sobre la salud.

La investigación termina con una nota sombría, llamando a los gobiernos a asegurarse de que los niños indígenas de hoy, que enfrentan altos niveles de inseguridad alimentaria, «tengan acceso a los tipos de alimentos abundantes, saludables, estacionales y tradicionales que les fueron negados a sus padres y abuelos , que sea un tema de política gubernamental «.

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Este trabajo hizo que un buen día decidera adoptar a este país que me abrió generosamente sus puertas en 1976, cuando Argentina me las había cerrado.

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